Obesidad, ejercicio y nutrición

Evidencias de los beneficios de dieta y actividad física en obesidad

La gran epidemia del siglo XXI. El hecho de que la prevalencia de la obesidad haya sufrido un incremento tan alto en las últimas décadas hizo que, en 1997, la OMS la señalara como el mayor problema de salud pública no resuelto en todo el mundo.

A día de hoy, más de 20 años después, no solo no lo hemos atajado, sino que las tasas de obesidad crecen. Las autoridades deben tratarlo como un problema prioritario, combatiéndolo a través de la educación, concienciación y difusión, y dando protagonismo a aquellos profesionales formados en la materia, entre ellos  el especialista en ciencias de la actividad física. Figura que todavía está lejos del papel que sería deseable que interpretara, viendo los beneficios que muestran las evidencias sobre los efectos terapéuticos del ejercicio físico, campo de investigación que año a año confirma la necesidad de incluir hábitos de actividad física, desde nuestros primeros años de vida.

Veamos algunos datos. Según Bouchard (2000), el aumento en la prevalencia de la obesidad en las últimas décadas se puede explicar como una combinación de tres situaciones posibles:

  • Ingerimos más calorías que las generaciones pasadas sin cambios en el gasto energético total diario.
  • Una disminución del gasto energético diario sin cambio en la ingesta calórica con respecto a generaciones pasadas.
  • Una disminución de la ingesta, pero que va acompañada de una disminución del gasto energético todavía mayor.

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La obesidad conlleva una serie de problemas o riesgos, entre los que existe una relación directa. Esto quiere decir que el hecho de ser obeso aumenta el riesgo de padecer ciertas patologías e, incluso,  fallecer a una edad más temprana. Por lo tanto, aquellos programas o actuaciones destinados a reducir el peso corporal conllevan una serie de beneficios sobre esos factores de riesgo. Una revisión hecha por los National Institutes of Health, ya en el año 1998, mostró las siguientes conclusiones:

  • Disminución de la presión sanguínea en aquellos individuos que presentan obesidad e hipertensión, en una revisión de 76 estudios.
  • Reducción de los niveles de triglicéridos y aumento de HDL (se trata del colesterol “bueno”) en el suero sanguíneo. También produce algunas reducciones de colesterol total y LDL (el colesterol “malo”). Revisión de 65 estudios.
  • Reducción de los niveles de glucosa sanguínea en personas con sobrepeso y obesas sin diabetes tipo 2, y también en algunos pacientes obesos con diabetes tipo 2. Revisión de 49 estudios.
  • En todas las revisiones se comprobó que las pérdidas de peso estaban asociadas a disminuciones en la grasa abdominal, estimada a través del perímetro de la cintura.

A través de estos estudios, se comprobó que, para tratar la obesidad y los factores de riesgo asociados a ésta, eran efectivos tanto programas controlados de nutrición como programas controlados de actividad física. Además, se concluyó que la combinación de una reducción en el contenido calórico de la dieta, unida a un aumento de la actividad física produce mayores pérdidas de peso que cada una de ellas por separado.

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Me gustaría focalizar la atención, por si no te habías fijado, en el año del estudio, 1998. Hablamos de que investigaciones de este tipo ya tienen recorrido, no se trata de nada nuevo. Evidencia científica, contrastada y revisada por los numerosos estudios que han venido detrás, y que no han hecho sino confirmar y complementar estos datos. Está claro que las investigaciones en el campo de la actividad física son bastante heterogéneas, pudiendo llegar a conclusiones en ocasiones enfrentadas. Pueden no ser una verdad absoluta, pero nos dan pistas sobre la dirección en la que van los tiros.

Me parece interesante añadir a estos datos las conclusiones mostradas en el American College of Sports Medicine Position Stand (Donnelly et al, 2009): La actividad física combinada con la restricción dietética produce mayores reducciones de peso que la dieta sola, solamente cuando la restricción dietética es moderada (500-700 kcal/día de déficit). Por lo tanto, no tendría sentido una restricción calórica mayor, ya que produciría adaptaciones que disminuyen la eficacia del programa.

La idea es clara: una buena nutrición y un aumento de la actividad física es la clave en la lucha contra la obesidad. Mantener la motivación es fundamental para permitir la adherencia al programa. Buscar actividades que te resulten divertidas y entretenidas es un buen comienzo para conservar este cambio de hábitos. Y si es necesario, apoyarse en expertos en nutrición, en especialistas en prescripción de ejercicio que te asesoren y faciliten el proceso.

Citando a Nelson Mandela, “todo parece imposible hasta que se hace”. ¡Así que pongámonos en marcha!

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