Cáncer y ejercicio II

Como continuación al primer post sobre cáncer y actividad física, que puedes visitar aquí y en el que hacíamos una pequeña contextualización de la enfermedad, buscaremos analizar qué componentes de la condición física debemos tener en cuenta en la prescripción de ejercicio en estos pacientes.

En la actualidad la utilización del ejercicio se está considerando desde las fases previas al tratamiento (desde el diagnóstico), hasta las fases finales de la enfermedad. Existen suficientes evidencias de que el ejercicio puede mejorar la calidad de vida de los enfermos, pero es importante tener presente que en estos pacientes pueden darse circunstancias, distintas a las de otras patologías, que dificultan o contraindican su práctica. Lejos de significar que este tipo de pacientes no deben realizar ejercicio, la conclusión que podemos sacar es que esta actividad debe de estar controlada por profesionales con formación específica en ejercicio adaptado, en contacto y siguiendo las indicaciones y criterios de, como mínimo, un médico de referencia.

Prescribir ejercicio en las personas que sobreviven al cáncer es complejo, porque su capacidad para la práctica, especialmente durante los tratamientos, es muy variable, dependiendo del tipo de cáncer, del tratamiento empleado, de su edad, de su condición física o de su estado de salud general. Cada paciente tiene una respuesta diferente y específica a los tratamientos contra el cáncer, y lo mismo sucede con el entrenamiento. Por lo tanto, es indispensable una programación individual, disponiendo de todos los datos clínicos posibles, diseñando el programa según las necesidades, objetivos y capacidades personales.

Para llevar adelante con éxito un programa de ejercicio que forme parte de un tratamiento integral de las personas con cáncer, lo ideal sería contar con un equipo interdisciplinar en el que deberían estar incluidos todos los profesionales que atienden a las diferentes esferas afectadas por la enfermedad: médicos, psicólogos, nutricionistas, profesionales del ejercicio, terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas… Aunque, en la actualidad, parece casi una quimera poder disponer de un equipo así, sí sería recomendable saber aconsejar y derivar a la persona al profesional adecuado en cada momento.

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Es interesante, para mayor seguridad y para guiar el proceso, analizar la condición física de la persona previamente al comienzo del programa de ejercicio. Y antes de iniciar cualquier prueba de condición física, es prudente que cada paciente se someta a una evaluación médica completa. Ésta debería incluir una historia médica completa para determinar cualquier problema médico preexistente, una revisión de la evolución del cáncer (McNeely, Peddle, et al., 2006).

Esta evaluación de la condición física proporciona información actualizada sobre el estado físico y funcional de los pacientes,  ayuda a diseñar el programa de ejercicio, sirve para identificar comorbilidades preexistentes o derivadas del tratamiento que podrían contraindicar u obligar a modificar el entrenamiento, y permite identificar los efectos beneficiosos del ejercicio (si se producen, claro). La situación ideal implicaría la presencia de personal médico durante la realización de las pruebas, pero no siempre será posible. Para realizar la evaluación, debemos identificar previamente qué componentes de la condición física es necesario medir y controlar:

Capacidad cardiorrespiratoria

Existen multitud de test para determinar la capacidad cardiorrespiratoria del paciente. En este caso, sería recomendable que el esfuerzo que haga el paciente sea similar al que hará durante el entrenamiento, para que cualquier signo o síntoma que pueda aparecer sea identificado y valorado por el personal que supervise la prueba. Los test se suelen realizar en tapiz rodante o cicloergómetro. Los más empleados son el test de Bruce en tapiz y test en cicloergómetro con un protocolo determinado, siempre adaptado al paciente. Son test en los que se va incrementando la carga de trabajo. Se suele empezar con cargas muy bajas, y cada 20-30” se aumenta.

Función pulmonar.

La radioterapia y la quimioterapia pueden dañar la capacidad pulmonar, por lo que resulta preceptivo evaluarla. Con un espirómetro se miden el volumen espiratorio forzado en un minuto (VEF1) y la capacidad vital forzada (CVF). Para evaluarlas, el ACSM da los siguientes valores:

– 95%: excelente;

– 81-94%: dentro de límites normales;

– 75-80%: valores por debajo de lo normal, y

– < 75%: bajo.

Fuerza y resistencia musculares.

Para valorar la resistencia muscular pueden utilizarse diversos métodos: número máximo de contracciones para una carga determinada o pruebas isométricas (ACSM, 2006a, 2006b). Las pruebas clásicas son:

– Para los miembros inferiores: el número de veces que una persona puede levantarse o sentarse (Senior Fitness Test).

– Para los miembros superiores: las flexiones en el suelo (fondos) (Fitnessgram o Eurofit) o flexionar el antebrazo con una carga fija y contar el número máximo de repeticiones, en ocasiones exigiendo una cadencia determinada (Senior Fitness Test).

– Para la fuerza y resistencia de la musculatura flexora del tronco (abdominales): las flexiones del tronco (ver Eurofit o Afisal).

Estos test clásicos pueden estar, en ocasiones, contraindicados. Pondré como ejemplo la prueba de musculatura flexora del tronco, en la que test muy conocidos y extendidos como Eurofit y Afisal evalúan a través de las flexiones del tronco. En la actualidad, algunos estudios sugieren que no es la manera más segura de trabajar la musculatura abdominal, por lo que se podrían buscar otras alternativas, como por ejemplo mediante la realización de plancha abdominal.

Composición corporal.

Los métodos más precisos para evaluar la composición corporal serían el TAC, la RMN o el DXA, pero teniendo en cuenta que son pruebas caras, se puede recurrir a otras más asequibles (ACSM, 2006b): hidrodensitometría, pletismografía, impedancia bioeléctrica o pliegues cutáneos.

Como mínimo, la valoración antropométrica debería incluir (ACSM, 2006b):

– la medida de los perímetros de la cintura y la cadera. Sería recomendable medir también brazo, muslo y cuello.

– la estatura y el peso para calcular el IMC. Aunque no siempre es una medida fiable, por lo que el profesional al cargo debe saber interpretar los resultados de esta prueba.

– algún método de estudio de la composición corporal.

Flexibilidad y movilidad articular.

Los test más usados son el “Sit and reach test” (sentarse y alcanzar), para valorar la flexibilidad de la cadera o el “Shoulder stretch flexibility test” (intentar tocarse las manos por la espalda), para la flexibilidad del hombro (ACSM, 2006a, 2006b).

Equilibrio

Un test sencillo sería el de equilibrio estático monopodal con y sin visión. Pero también sería recomendable utilizar una prueba de equilibrio dinámico, como la que está incluida en el Senior Fitness Test que consiste en levantarse de una silla, caminar unos metros hasta un cono y regresar para volver a sentarse.

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Personalmente, soy partidario de que cada profesional diseñe sus propios test para su trabajo diario. Incluso, en ocasiones, habrá que modificar un test determinado, o diseñar otro dependiendo de las necesidades del paciente.

La ventaja de las baterías de test prediseñadas es que te permiten comparar resultados para tratar de determinar en qué nivel se encuentra la persona con la que estás trabajando respecto al resto, por medio de baremos y percentiles. Pero en mi opinión, es algo innecesario, y más en este tipo de tratamientos. Lo que nos interesa es comparar cómo está la persona hoy, respecto a sus capacidades hace  6 semanas, 5 meses o 2 años. Ver si realmente el programa de actividad física es válido para mejorar su condición física, y corregir aquellos aspectos en los que no se está evolucionando bien. Por esta razón, adaptar los test a la realidad del paciente me parece un mejor instrumento, porque su proceso no tiene por qué ser parecido al de nadie. En otras palabras, entrenamiento personalizado, procesos adaptados y atención individualizada.

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