Cáncer y ejercicio (y III)

En este último artículo sobre cáncer y ejercicio, abordaremos cómo prescribir ejercicio, a través de unas recomendaciones generales, que habría que matizar o modificar dependiendo el tipo de cáncer que ha superado o está superando la persona, la fase en la que se encuentra y su estado de salud y de condición física actual.

  • Entrenamiento cardiorrespiratorio.

Tradicionalmente, los programas de ejercicio se basaban en la prescripción de ejercicio aeróbico continuo (caminar o pedalear). Actualmente se considera que la intensidad del ejercicio, para maximizar sus beneficios, debería ser moderada o alta. Es lógico que en este aspecto primará el principio de individualidad del entrenamiento. Las personas previamente sedentarias y con una mala salud, podrían trabajar al principio entre el 30% y el 45% de la frecuencia cardíaca de reserva (FCR). Las personas activas y con una salud aceptable deberían trabajar al principio entre el 50% y el 60% de la FCR. La frecuencia de entrenamiento puede oscilar entre 3 días y 5 días por semana. La duración de la sesión habitualmente propuesta es de 20 a 30 minutos, pero puede oscilar desde 5 minutos o menos, hasta 60 o más. Es recomendable una progresión y gradual, sobre todo en pacientes frágiles. Incluso cantidades mínimas de ejercicio pueden ayudar al paciente a alcanzar una mejor calidad de vida.

La cuestión clave cuando se aconseja el tipo de ejercicio es tener en cuenta la posible existencia de una discapacidad o circunstancia crónica derivada de la propia enfermedad o de su tratamiento. Esto podría desaconsejar algún tipo de ejercicio, por ejemplo, nadar o correr. Pero no hay ninguna evidencia que sugiera que un tipo de ejercicio es más eficaz que otro. Lo aconsejable para elegir el ejercicio, una vez salvaguardada la seguridad, es tener en cuenta las preferencias de los pacientes y los objetivos concretos que se persigan. Lo recomendable son ejercicios que utilicen grandes grupos musculares, aunque debe asegurarse que los pacientes ejerciten los grupos musculares específicamente afectados por el cáncer.

Entrenamiento de fuerza.

El entrenamiento de la fuerza puede prescribirse para mejorar la fuerza y la resistencia musculares, para mejorar la capacidad funcional o para contrarrestar los efectos negativos que tiene el tratamiento del cáncer sobre los músculos. Puesto que en las actividades de la vida cotidiana es necesario levantar y trasladar pesos, este tipo de entrenamiento puede ayudar a mejorar las secuelas y limitaciones del rendimiento físico a largo plazo.

Las recomendaciones generales para el entrenamiento de fuerza incluyen un mínimo de una serie de 8-10 ejercicios con los grupos musculares principales como comienzo de la progresión. Aunque estas recomendaciones podrían aplicarse a la mayoría de los pacientes, en ciertos casos es necesario prestar atención especial a determinados grupos musculares o a la corrección de algunas posturas alteradas. Por ejemplo, en el caso de las mujeres con cáncer de mama se ha encontrado alterada la actividad del trapecio, el romboides, el serrato mayor y una disminución en el tamaño de los pectorales mayor y menor, junto con la queja de dolor al transportar objetos pesados o al intentar levantar el brazo (Shamley et al., 2007). En estas condiciones, parece necesario un trabajo muscular específico de la musculatura de las extremidades superiores.

Entrenamiento de la flexibilidad.

Los ejercicios de estiramiento y de movilidad articular son componentes importantes de un programa de ejercicio en los enfermos y los supervivientes del cáncer. La cirugía y la radioterapia pueden producir secuelas músculo-esqueléticas considerables, como pérdida de fuerza y de movilidad en la región afectada. Además, se pueden encontrar otros efectos tardíos derivados de la radiación: fibrosis y atrofia muscular que también podrían limitar la “extensibilidad” posterior de los tejidos (Stone, Coleman, Anscher, & McBride, 2003).

De manera tradicional, se han recomendado los ejercicios de estiramiento lentos y man-tenidos durante 10-30 segundos. Sin embargo, algún estudio reciente (T. S. Lee, Kilbreath, et al., 2007) no ha demostrado que estos estiramientos mantenidos sean mejores que los ejercicios de movilidad articular para evitar la retracción de los músculos pectorales en mujeres con cáncer de mama tratadas con radiación. Existen estudios (M. S. Lee, Pittler, & Ernst, 2007) que han demostrado la utilidad de los movimiento del Yoga o del Tai Chi para mejorar la flexibilidad, el equilibrio y la agilidad en pacientes con cáncer.

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Cuando nos encontramos con personas que eran sedentarias antes de la enfermedad y que en consecuencia tienen una peor condición física y un menor estado de salud, el objetivo prioritario sería lograra una frecuencia de 3 sesiones por semana. Se debería priorizar la adquisición del hábito a la cantidad o duración del ejercicio. Por ejemplo, se le podrían proponer sesiones muy cortas, varias veces al día, alternando ejercicios fáciles de hacer y agradables.

Sin embargo en personas que ya eran activas, y que a pesar de la enfermedad mantienen un buen estado de salud y condición física, se podría plantear una rutina de 4 sesiones de ejercicio continuo a la semana para mantener y mejorar su estado. Existe la opción de que con motivo de alguna recaída o tratamiento, la situación cambie. Es importante comprender el carácter transitorio de la situación, tanto entrenador como paciente, adaptando unas nuevas condiciones que ayuden a superarla.

Complicaciones específicas.

Courneya, Mackey y Jones, en el año 2000, hicieron un listado de las complicaciones específicas que se deben tener en cuenta a la hora de prescribir ejercicio en pacientes con cáncer.

Tabla 2. Precauciones a la hora de prescribir ejercicio en pacientes supervivientes de cáncer. Adaptado de Courneya, Mackey y Jones (2000).
SITUACIÓN PRECAUCIÓN
Niveles de hemoglobina <8.0 d/dl Evitar actividades que requieran un gran transporte de oxígeno (intensidades elevadas).
Recuento de neutrófilos <0.5 x 109/L Evitar actividades que puedan incrementar el riesgo de infección bac-teriana (nadar, etc).
Recuento de plaquetas

<50 x 109/L

Evitar actividades que incrementen el riesgo de sangrado ( deportes de contacto, o de alto impacto).
Fiebre > 38º Podría indicar infección sistémica que debería ser investigada. Evitar ejercicios de alta intensidad.
Fiebre > 40º Evitar cualquier tipo de ejercicio.
Ataxia/Neuropatía periférica/Mareos Evitar ejercicios que requieran equilibrio y coordinación.
Caquexia severa La pérdida de masa muscular limita el ejercicio a intensidades medias, dependiendo del grado de caquexia.
Disnea Investigar la etiología. Hacer ejercicio hasta lo que tolere.
Dolor óseo Evitar actividades que incrementen el riesgo de fractura (deportes de contacto o alto impacto).
Náuseas severas Investigar la etiología. Hacer ejercicio hasta lo que tolere.
Fatiga extrema/debilidad muscular Ejercicio hasta que lo tolere.
Deshidratación Asegurarse de una buena hidratación.

 

Aunque el ejercicio es el contenido sobre el que gira el trabajo de los educadores físicos y entrenadores, es importante recordar que trabajamos con personas. Todo el proceso debe estar orientado al bienestar del paciente. Tener en cuenta la parte psicológica y afectiva ayudará a crear unas mejores condiciones y un clima más cercano y confortable, mostrando interés y empatía, y sabiendo que habrá algunos días mejores y otros peores. Pero que en todos y cada uno, allí estaremos, aportando nuestro granito y tratando de ayudar.

 

  • Courneya, K S, Mackey, J. R., & Jones, L. W. (2000). Coping with cancer: can exercise help? The Physician and sportsmedicine, 28(5), 49-73.
  • Shamley, D. R., Srinanaganathan, R., Weatherall, R., Oskrochi, R., Watson, M., Ostlere, S., & Sugden, E. (2007). Changes in shoulder muscle size and activity following treatment for breast cancer. Breast cancer research and treatment, 106(1), 19-27.

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